Por eso, su reconocimiento constituye la prueba reina para demostrar que la humanidad ha alcanzado una etapa evolutiva que la habilita para establecer una comunidad fraterna entre toda la especie y con los demás seres.
Se trata de sacarle el mayor provecho a la globalización, tan evidente con el Internet para los ciudadanos corrientes, y que tantas promesas ofrece si impedimos que los potentados se la sigan apropiando para aumentar sus fortunas personales a costa del sometimiento y embrutecimiento de los pueblos y el saqueo de las riquezas comunes.
Con ese reconocimiento desaparecerá la asimilación de unos pueblos por otros, el avasallamiento cultural, la imposición de creencias e ideologías, los genocidios sistemáticos, como el que Israel ejecuta sobre los palestinos para extinguirlos y apoderarse completamente de la "Tierra prometida" (que va hasta el río Eufrates, según las "Escrituras").
Desmesura sionista
Abraham, cuando aún se llamaba Abram, inspirado en un sueño que no dudó en calificar de promesa divina, resolvió expropiarles esa feraz tierra a sus generosos y acogedores ocupantes iniciales, que tan bien lo recibieron y trataron durante el tiempo que quiso estar allí.
Toda esa política criminal que ha caracterizado la historia, tiene que ser repudiada y desechada definitivamente.
De ahí la importancia estratégica del conflicto alimentado por el sionismo, pues es la herencia más vergonzosa para la humanidad de sus instintos asesinos, disfrazados de virtudes como el heroísmo.
Su solución definitiva, reconociéndole a ambos pueblos su derecho a existir y ocupar un territorio soberano, y proscribiendo por siempre el asesinato mutuo, es la prueba de fuego para la especie.
Si superamos ese conflicto, la conquista de la dignidad, que no puede excluir a nadie para que sea auténtica, se habrá logrado.
Habremos demostrado que estamos preparados para la convivencia armoniosa que los guías genuinos de los pueblos han predicado en todas partes, tal como hizo Jesús, que es el más conocido en occidente, y quien es de origen judío y nos enseñó a despreciar el poder y la violencia para remplazarlos por el amor, como sabemos bien por acá, donde las injusticias son el pan de cada día. De ahí el significado del reto que enfrentamos: superar la crisis total o perecer.
Si no somos capaces en nuestra generación, en este gobierno de Obama más específicamente, de alcanzar esa solución definitiva al milenario y primitivo conflicto, el futuro será incierto. No nos pertenecerá, pues no seremos dignos. Seguirá en manos de las lacras que nos conducen desde siempre al enfrentamiento y la catástrofe.
Para ellos, la lucha sólo acabaría cuando hayan exterminado a todos los que les estorben para el cumplimiento de la promesa de su dios al "pueblo elegido", el superior, según los sionistas que sustentan, difunden e imponen por las armas ese destino privilegiado que les trazó Yahvé, llenándolos de soberbia y convirtiéndolos en fanáticos desde la cuna, un peligro para la humanidad entera, amenazada por las desmesuras de tales gentes, armadas hasta los dientes, y con bomba atómica a bordo.
Yahvé o Jehová llaman a ese dios tan excluyente de las demás criaturas, a las que, según los sionistas, creó y puso al servicio de un pueblo díscolo, conformado por doce tribus poco armoniosas entre sí y cuyos líderes, históricamente, se han caracterizado por ser excelentes "guerreros" (eufemismo usado por los asesinos profesionales para embellecer y "dignificar" sus actos siempre viles y que su mismo dios les prohibió sin atenuantes a los judíos, como un mandamiento, el que dice "No matarás")
¿Cómo negar que la persecución sionista al pueblo palestino, con la intención de exterminarlo y completar el despojo de sus tierras, es la expresión racista más persistente y desestabilizadora que ha conocido el planeta?
¿Será que los "semitas" (descendientes de Sem, hermano de Cam, otro de los hijos legendarios de Noé) pueden matar a los "camitas" al margen de los demás humanos porque se trata de un "conflicto familiar"?
¿Será el deber del resto de la humanidad plegarse al destino y la superioridad del "pueblo elegido", noción con que los sionistas fanatizan a su gente?
El aterrador bombardeo sobre la Franja de Gaza fue la última gran acción criminal que patrocinó el repugnante inmoral, todavía impune, George W. Bush, quizás para que no olvidásemos los macabros bombardeos que él había ordenado sobre Irak y la sagrada Bagdad, entre otros tesoros.
Sin desconocer esas tácticas aterrorizadoras para la humanidad pacífica -tan extendidas bajo el terrorismo de Estado que llevó a sus extremos el criminal gobierno de Bush-, lo más real es que la aceptación de la ofensiva demencial contra Gaza le fue impuesta por el sionismo al gobierno USAno, que siempre ha sido su títere, tanto como de los demás halcones (representantes y defensores de los potentados) empotrados en Washington.
Y Obama, por desgracia, está en alto riesgo de continuar tal sumisión tradicional, según lo indica esa especie de temor reverencial que ha mostrado ante los abusos del sionismo.
Pero puede que con su predecesor no sea tan complaciente. Quizás su decisión de no castigar a los agentes de la CIA, excusando sus actos de tortura como "obediencia debida", signifique que sí está dispuesto a castigar a quienes concibieron esos crímenes de guerra y dieron las órdenes.
Al menos es lo que debemos exigirle los ciudadanos en todo el mundo, pues su deseo de llamar a rendir cuentas a esos criminales es bastante tímido, a decir verdad, similar a su desdén frente a los zarpazos del sionismo.
Al fin y al cabo, no es más que un hombre. Y no es tonto ni inmoral como su antecesor en el cargo, ni está obligado a rendirle cuentas a una camarilla de degenerados criminales ambiciosos dispuestos a arrasar con la ley en su beneficio personal, pero que siguen merodeando la Casa Blanca y ejerciendo presión sobre su actual inquilino.
Sin un apoyo claro de la opinión mundial, no iniciará una pelea contra los cavernícolas enemigos del futuro y la vida. Es la responsabilidad de todos y cada uno de los ciudadanos del mundo tomar partido por el castigo a los genocidas de todas las latitudes, empezando por Bush, sus agentes y sus patronos.
El antecedente de la elección de Obama, a pesar de la oposición de los enemigos de la vida identificados con McCain, nos confirma que, si queremos cobrárselas a los halcones y reducir a los potentados criminales que han manejado el mundo a su antojo, el recurso inmediato es el ejercicio de la democracia directa que nos facilita Internet en tantos sentidos.
Sin justificar la impunidad para los ejecutores -semiautómatas carentes de conciencia propia a causa de los lavados de cerebro a los que los someten para enseñarles a obedecer ciegamente- es obvio que el castigo a sus jefes, en particular al máximo, el presidente, es una condición indispensable para que el cambio prometido por Obama no sea simple retórica.
Por eso debemos alimentar esperanzas de que Bush y su séquito no saldrán impunes de los macabros crímenes, de todo tipo, que cometieron durante esos horrorosos ocho años de gobierno republicano.
Pero para lograrlo, tenemos que presionar a Obama de manera que sienta el respaldo de la humanidad decente y, ante la justicia de la causa, no pueda eludir su responsabilidad de castigar a los culpables del diseño y la aplicación de las políticas criminales de la administración Bush.
La humanidad necesita resarcirse. Permitir la impunidad para los bandidos que dirigen la vergonzosa empresa de oprimir a los ciudadanos en beneficio de los potentados, en todos los países; es perder la oportunidad única de construir de una vez por todas un mundo justo, amable y digno, dejando en manos de los peores ejemplares de la especie el futuro común, por siempre.
En cuanto al bombardeo y la subsiguiente invasión a Gaza, se trató de un impresionante y conmovedor episodio más del genocidio indiscriminado contra un pueblo condenado desde hace milenios al exterminio por los sionistas, quienes están decididos a culminar su espantoso crimen lo más pronto posible, si no se los impedimos.
Es inevitable relacionarlo con el genocidio de los judíos por los nazis, conocido como el Holocausto y que los sionistas, para justificar todos los crímenes que se les ocurran, parecen considerar una patente de corzo que les habría extendido la humanidad, adolorida y avergonzada por su silencio cómplice con ese exterminio de un pueblo que el cristianismo llevaba dos mil años estigmatizando
En una somera comparación, el ghetto de Gaza, región aislada del mundo por los sionistas con un muro tan afrentoso como el de Berlín y cuya población es sometida a constantes abusos por sus carceleros, no es menos pavoroso y repugnante que el ghetto de Varsovia y los demás en que el nazismo hacinó a los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero mirando más atentamente, es peor, pues también lo han convertido en campo de exterminio. Algo así como otro Auschwitz en el que los hornos crematorios son reemplazados por bombardeos azarosos a la población civil, inerme y totalmente indefensa.
Bombas incendiarias se combinan con las más destructivas, y se agrega una sustancia prohibida por las leyes de la guerra, el fósforo blanco.
Así no quedan dudas sobre la irremediable catadura criminal de los sionistas, auténticos enemigos de la especie humana
Peores que Hitler, pues éste apenas era un hombre y no el conjunto de células cancerosas de un conglomerado social con profundas raíces históricas y una ideología exageradamente excluyente y arrogante respaldada en una larga tradición y no en las meras fantasías de un orate ocasional con un ego mayor que el Himalaya.
La vigencia del acoso a Gaza y los demás palestinos, exige soluciones inmediatas que a todos nos atañen si no queremos ser cómplices de los criminales más avezados y persistentes de que da cuenta la historia.
Depravaciones fascistas
Como se colige, la "dignidad" se presta a múltiples interpretaciones, según de quien se trate.
Para un criminal es algo muy diferente a lo que sus víctimas creen. Entre otras cosas, porque considera que la dignidad no es un atributo universal, pues se basaría en el valor personal (o habilidad y decisión para matar en beneficio propio o por simple placer), en la nobleza de casta, en la capacidad para decidir sobre los destinos y las vidas de los demás, que son indignos por naturaleza y nacieron para servirle a los superiores, a los "naturalmente dignos".
En consecuencia, la cuestión o el problema es definir en qué consiste la dignidad humana.
Históricamente, ésta ha sido atropellada por los potentados con el fin de reafirmar la superioridad que se atribuyen frente a los "plebeyos", mediante las más asombrosas arbitrariedades y los peores crímenes y abusos.
Se llegó al extremo de prohibir la risa y condenar a quienes la usaran, según nos cuenta Umberto Eco, por quienes se auto consideraron los guardianes más idóneos de esa "dignidad".
A su juicio, la risa sería vulgar, pecaminosa, ruin, "indigna".
Ese tipo de interpretaciones subsisten en las mentes y las conciencias de muchos individuos rígidos, enemigos de la lúdica, que ven el placer como un pecado, aunque suelen cometerlos todos, pero con ese sentimiento de trasgresión que excita más sus perversas naturalezas.
Los extremistas religiosos son víctimas notables de ese comportamiento. Por eso son tan aficionados a la mortificación de la carne, cuyas tentaciones no alcanzan a resistir, porque su naturaleza las vuelve irresistibles para todos.
En síntesis, las prohibiciones de comportamientos naturales son antinaturales. Las sostienen quienes son capaces de penalizar la risa o los pedos o la masturbación, y muchos placeres más.
Obedecen a posiciones autocráticas arbitrarias, ajenas a la naturaleza humana y al orden democrático de verdad, pero ajustadas a una escala personal de valores que sus seguidores consideran eternos e incuestionables, puros dogmas por los que todos deben regirse, a pesar de lo irracionales y absurdos que puedan ser.
Se ocultan tras una enorme máscara de hipocresía que acude a los argumentos más desatinados para justificar la represión contra quienes, sin hacerle daño a nadie diferente a sí mismos (si mucho), son fieles a sus principios y partidarios de la alegría y el placer, tan incomprensibles y ajenos para los inquisidores enemigos de la libertad, del "libre albedrío", según las enseñanzas cristianas.
El efecto real del prohibicionismo es convertir una fuente legítima de placer en una trasgresión que genera una truculenta cadena delincuencial para satisfacer el hedonismo de quien lo desee.
En una verdadera democracia, todo adulto, ejerciendo su soberanía personal y sus inalienables derechos, es libre para probar cualquier sustancia sicodélica. Su edad le permite ser consciente del peligro de convertirse en un esclavo del vicio, si el poder adictivo de la sustancia que resolvió probar es superior a su autocontrol o a su metabolismo. Es su elección soberana.
El asunto con los no-adultos es diferente, al tratarse de personas que no han alcanzado el derecho a ejercer la ciudadanía plena porque están formándose, adquiriendo los valores, los conocimientos y las habilidades necesarias para relacionarse de igual a igual con los demás miembros de la sociedad.
Mientras tanto, son dependientes. Y la sociedad, a través del Estado o de los padres o de alguna institución de caridad, debe garantizarles su manutención y formación.
Pretender prohibirle al adulto cualquier comportamiento con el pretexto de proteger a la infancia o a la juventud, no es más que una forma de tergiversar el verdadero objeto del debate, de modo que sea imposible sacar conclusiones atinadas y medidas correctas, y los retrógrados puedan pescar en ese río revuelto para cocinar sus inquisiciones.
Impide que se hallen soluciones respetuosas de la dignidad de quienes exigen su derecho a dirigir sus propias vidas, como corresponde en una democracia de verdad, no en una que elige "representantes" que enajenan a sus electores de sus derechos, convirtiendo la democracia en una caricatura totalitaria.
Este es el caso con el consumo de drogas ilegalizadas, un asunto que está, como el de la guerra sionista, en la primera fila de las preocupaciones mundiales, sin olvidar que para la mayoría la gran vedette es la crisis económica.
Igual confusión conceptual, capaz de sabotear cualquier consideración racional del asunto, se presentaría si se mezclan los derechos del adulto con el trato dispensado a los menores en cuestiones como el acceso a armas de fuego, o a prostíbulos, bares y casinos, por mencionar algunas materias en que es clara y admitida la impertinencia de tales mezclas de edades en la definición de normas.
En fin, el uso de preservativos, el matrimonio entre homosexuales, al aborto y muchos temas más, son asuntos de adultos, y no son admisibles leyes penalizando cualquiera de esos comportamientos con el pretexto de proteger a los menores de edad.
Cosa muy distinta es castigar al pederasta o al que le vende cigarrillos, o licor, o marihuana, o cocaína, o un revólver a un niño o a un adolescente.
El verdadero efecto social de la prohibición es generar negocios ilícitos de superior rentabilidad. Por eso, quienes la prohíjan son cómplices de los criminales aunque aparenten ser sus más implacables enemigos.
El consumo de algunas sustancias psicoactivas, potencialmente adictivas, como el alcohol, es admitido socialmente en la actualidad fuera del mundo musulmán, que lo prohíbe por aberraciones religiosas. Pero también fue prohibido en USA a comienzos del s. XX, como todos lo hemos visto en las películas, dando lugar a esa farsa moralista que tanta violencia causó y que lo hacía tan buen negocio.
Tan bueno como los que surgen al son de la prohibición de alucinógenos, a los que hay tanta gente aficionada y que otros repudian y combaten como a demonios, quizás porque no se han atrevido a probarlos y disfrutar las sensaciones maravillosas que producen y que alejan al usuario de la ruda normalidad.
¿O será que son incapaces de esas sensaciones y la envidia los obliga a perseguir a quienes las sienten y las viven como si fuesen reales?.
De cualquier forma, los abstencionistas no tienen riesgos de volverse adictos, pero menos tienen algún derecho a impedir que quienes deseen sacarle más jugo a la vida, lo puedan hacer, siempre y cuando no perjudiquen a "terceros".
Tampoco es admisible que sigan posando de científicos, dizque apoyados en estudios tendenciosos y ridículas encuestas sesgadas, represiva y miopemente interpretadas por unos castrados enemigos declarados de la lúdica, representantes de la muerte en vida y abominación para la humanidad, de la que se creen los más idóneos y capaces ejemplares, los elegidos para dirigir al resto, como si los adultos necesitasen metidos interfiriendo el ejercicio pleno de su libertad.
Es ridículo que unos timoratos llenos de prejuicios se auto erijan como censores y guías de las vidas ajenas, posando de "objetivos" en sus pueriles y maniqueos juicios.
No se puede admitir que se atrevan a calificar de "problemas" los comportamientos que los escandalizan, y de "enfermos" a quienes se dan el gusto de vivir la vida a plenitud, acudiendo a toda clase de sustancias y desafíos en busca de placer, conocimiento, sabiduría o simple aturdimiento para olvidarse de los estúpidos eunucos que se consideran autorizados para dirigir, criticar y castigar a los demás humanos.
Conviene no olvidar que la prohibición al consumo de alcohol en USA, fue la campaña de una vieja loca y frustrada, con ínfulas moralizadoras, de estirpe puritana, escandalizada al enterarse de que Noé se desnudó en medio de una monumental borrachera, y que el primer milagro de Jesús fue convertir el agua en vino para que continuara la rumba y se pudiesen embriagar hasta la saciedad los invitados a las bodas de Caná, quienes ya se habían bebido todo lo que tenían disponible los anfitriones.
María, qué pecado, fue la alcahueta que le rogó al Maestro, su hijo bien amado, que le hiciese el milagrito de prolongarles el placer y la alegría a los afortunados juerguistas.
¿Qué derecho le queda a la beatería para seguir interfiriendo con las vidas ajenas basándose en su melancólica, alienada, frustrante y precaria noción de lo que consideran "vida" sus fanatizados adeptos?
En consecuencia, la prohibición de las "drogas del placer", o el trato de "enfermos" a quienes las consumen, con el propósito de imponerles "tratamientos de rehabilitación" (que es la propuesta de los más avanzados entre los reprimidos genéticos), no son más que expresiones "fascistas", como se suele denominar desde Musolini todo acto totalitario y arbitrario impulsado por asesinos despiadados con mentes estrechas, complejo de Mesías y obsesiones de santidad y grandeza que, a su juicio, los convierten en seres superiores destinados a dirigir a los demás.
¿Estará la humanidad dispuesta a darle la espalda al progreso y cederles sus conquistas a quienes las consideran expresiones de degeneración?
De ninguna manera se puede tolerar semejante despropósito. Sobre todo cuando es claro que la legalización es la única salida auténtica para suprimir el artificial "problema".
Los USAnos lo están considerando seriamente para fortalecer las finanzas públicas al concederle al Estado el monopolio de la explotación de esa afición universal y eterna de muchos humanos por el placer.
Nuestros gobiernos jamás tomarán alguna iniciativa sobre eso. Son cipayos vasallos, siempre con la rodilla hincada cuando están ante el amo extranjero, según denuncia de Jorge Eliécer Gaitán, José Martí y Benito Juárez, entre otros verdaderos patriotas; y advertencia del mismo Simón Bolívar cuando condenó la doctrina de James Monroe que le asignó a nuestros países el rol de colonias de USA.
La tarea nos corresponde a los ciudadanos, como tantas cosas más. No puede ser resuelta por unos seres mentalmente pobres y llenos de prejuicios, a pesar de que se auto consideran los más idóneos para dirigir a la humanidad, su vanguardia, caudillos naturales legitimados por su fe y su encumbrada axiología, aunque los demás (que seríamos subhumanos) no lo entendamos ni lo admitamos por las buenas.