Costumbre
Pero todos sabemos que, en la Historia, la mayoría de las vidas no valen nada. Tampoco lo valen actualmente, en sus estertores, cuando tenemos la oportunidad de superarla.
Son sacrificadas, sin mayores reparos, para reverenciar dogmas, desde el de la “raza superior”, hasta el del “pueblo elegido” o el de la “civilización del petróleo”.
Motivos
Eso de “sacrificar un mundo por pulir un verso”, que predicaba el aristocrático y ambicioso poeta payanés, Guillermo Valencia, retrata la actitud de los potentados sobre la importancia que le conceden a la vida ajena, tanto como la alta posición que se auto adjudican.
Pero ningún “verso”, idea, pensamiento, teoría, palabra, discurso, sermón, concepto o expresión abstracta, puede valer más que la más elemental expresión de vida.
Así piensan las mayorías buenas, mansas y de buena voluntad, pacíficas, serviciales, solidarias y crédulas, de buena fe, tan utilizadas y engañadas por los aristócratas de toda laya, que siempre quieren sacrificarlas al servicio de los potentados.
Actualmente, el sacrificio de nuestro mundo es real, no una licencia poética.
El “verso” que le ha traído su desgracia son las profecías de los sionistas.
Cuando disponemos de los medios para reivindicar la dignidad de todos, los favoritos de Yahvé se esfuerzan al máximo por desatar una guerra nuclear que lo impida.
Es el único recurso que les queda para seguir negándonos nuestra porción de divinidad y los derechos inherentes a ella. Insisten en negarnos nuestra singularidad, esa capacidad única de crear, propia de cada ser humano y que las máquinas no pueden copiar.
Modelo superior
Por eso, la aristocracia que descalifica vidas en aras de opiniones y teorías, es intolerable en la Nueva Era, donde los dogmas no pueden jugar ningún papel ni nadie es más o menos que nadie.
Se caracteriza porque somete a un análisis despiadado y minucioso cualquier idea que afecte el interés público.
Impide que la humanidad siga cayendo víctima de demagogos de cualquier clase; predicadores de cualquier ideología, ya sea terrenal, demoníaca o celestial.
El indispensable filtro
Este mismo “principio” y las ideas que lo sustentan, debido a que aluden a asuntos fundamentales para la convivencia global, merecen ser:
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tenidos en cuenta,
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analizados,
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rebatidos,
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cuestionados,
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ridiculizados,
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ensalzados,
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manoseados;
hasta que queden claros y sean admisibles, en caso de que no lo sean de entrada, con su mera enunciación.
O hasta que sean vencidos y repudiados como inconvenientes para los intereses superiores de la especie, y nocivos para sus miembros.
Caducidad de los dogmas
Las fórmulas rígidas, magistrales, superiores, sagradas, o como quieran denominarlas sus predicadores interesados en someter mentalmente a los demás, morirán con la Historia.
Su papel ha sido fomentar la división, el odio y el enfrentamiento entre los pueblos.
Pero ahora éstos, las víctimas constantes, tienen la oportunidad de tomar sus vidas en sus manos.
Soberanía del individuo
Las mayorías humanas pueden elegir masivamente cómo quieren vivir.
Para ello, cada vez más personas disponen de los medios técnicos para expresarse y participar en los asuntos de la aldea global.
Todo el que lo desee puede elegir si está dispuesto a seguir siendo esclavo de los potentados que acaparan la riqueza y están destruyendo el planeta y la vida.
O si prefiere recuperar su dignidad, y hacer parte del asombroso desarrollo de las fuerzas productivas en que vienen enfrascados los mejores humanos, empleando enfoques limpios y respetuosos de la vida y el planeta.
Pautas de civilización
Hay que insistir en que lo sagrado no son las ideas sino la vida.
Pero, desde luego, las ideas guían la vida.
Por eso, deberíamos elegir las mejores, las más aptas para asegurarnos una convivencia digna y gratificante para todos; que convierta le experiencia de vivir en algo valioso y no en el martirio que suele ser para las mayorías.
Un buen comienzo lo constituye el ideario plasmado como “Derechos Humanos”.
Sin duda, constituyen una convención universal que busca favorecernos y protegernos a todos. Son ajenos a cualquier imposición arbitraria. Surgen de la experiencia común y de la consulta a la dignidad de cada uno.
Quizás eso explica que casi nadie se niega a que se los reconozcan.
Garantía de respeto
De todas formas, a nadie se le puede atacar por las ideas que profese, aunque nos parezcan detestables y por mucho que las cuestionemos, lo cual sí es un derecho cierto, como se dijo.
El debate las irá decantando, cuando se trate de cuestiones que pertenezcan al ámbito público y al bienestar general.
Y se impondrán cuando las mayorías así lo determinen. Pero, de ninguna manera, serán asumidas como dogmas ni se sustraerán a la crítica jamás.
En cambio, de obedecer a cuestiones de gustos, pretender consensos sería vano y superfluo, aunque ciertamente son motivo de animados debates en la Historia, y no hay razón para que dejen de serlo en la Nueva Era.
Desde luego, nadie será discriminado por sus gustos ni, mucho menos, obligado a aceptar los que detesta, ni a desarrollar ninguno contra su voluntad.
Pero tampoco se le podrá negar que cultive cuantos desee, ni dejar de proporcionarle los medios para que lo haga.